La primera vez que armé un viaje sola, el miedo no era a la ruta. Era a mí misma: a no saber resolver algo, a quedarme sin plan B, a que pasara algo y no hubiera nadie al lado para decidir junto a quién. Con los años aprendí que esa sensación no desaparece del todo, pero se vuelve manejable cuando te preparás bien.

No tengo una fórmula mágica. Tengo una rutina que fui armando viaje tras viaje, y que hoy comparto porque a mí me hubiese gustado tenerla escrita la primera vez.

Antes de salir, avisá y compartí

Esto es lo primero y lo no negociable. Alguien de confianza tiene que saber dónde estás yendo, por cuánto tiempo, y cuál es tu plan aproximado.

Conocé tu vehículo o tu medio de transporte

Si vas a depender de algo para moverte, tenés que entenderlo. No hace falta ser mecánica, pero sí saber lo básico: qué hacer si se pincha una rueda, cómo revisar niveles de aceite y agua, qué herramientas llevar.

Hacé las paces con el miedo, no lo ignores

El miedo de viajar sola no es una señal de que no deberías hacerlo. Es información. Te hace más atenta, más cuidadosa, más despierta a lo que pasa alrededor. La clave no es eliminarlo, es escucharlo sin que te paralice.

Viajar sola te enseña a confiar en tus propias decisiones de una forma que es difícil de aprender de otra manera. Cada viaje se vuelve un poco más fácil que el anterior, no porque el miedo desaparezca, sino porque vos te volvés más capaz de manejarlo.

¿Querés ver más de este viaje y los próximos que vienen?

Seguime en Instagram